Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿Quiere usted pasar, señor Stewart? —dijo tras una larga pausa.
—Opino que no —repuso. Su acento parecÃa sugerir que se reconocÃa indigno de entrar en una habitación ocupada por ella, y que o no le importaba o le importaba demasiado.
—No pienso hablar a mi hermano de su… de su insolencia conmigo —empezó a decir. Le era imposible dulcificar la frialdad de su tono, y hablar de otro modo que con el altivo alejamiento de su clase. Empero, a pesar de su aversión, luego que hubo hablado asÃ, su compasiva amabilidad se impuso involuntariamente—. He decidido perdonar su acción, porque al fin y al cabo no se daba usted cuenta completa de sus actos, y porque entre Alfredo y usted no ha de haber cuestiones. ¿Puedo contar con usted para obtener el silencio del sacerdote? Usted sabe que la pasada noche un hombre fue muerto o herido allÃ. Yo quiero olvidar ese hecho horrible. Deseo que no se sepa que oÃ…
—El mejicano vive —interrumpió Stewart.
—¡Ah! Entonces no ha sido tan grave. Me alegro por su amiga… por la muchacha mejicana.
Una oleada de sangre fluyó al rostro del cowboy, y su vergüenza era penosa de ver. El detalle convenció a Magdalena de que aun siendo un bárbaro no era totalmente malo. Y el contraste la hizo sonreÃr.