Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Despierta y vestida, señorita Kingsley. Entre usted.
—¡Oh! ¿Ha descansado bien? ¡Parece usted muy… muy distinta! ¡De veras me alegro! Venga conmigo a desayunarse y prepárese a ver a su hermano de un momento a otro.
—Un momento, haga el favor. He oÃdo, porque era inevitable, su conversación con el señor Stewart, y me felicito de ello. Quiero verle. ¿HarÃa usted el favor de rogarle que entre en su gabinete un momento?
—Sà —contestó prontamente Florencia; y mientras se dirigÃa a la puerta se volvió, lanzando a Magdalena una mirada significativa—. ¡OblÃguele a callarse la boca!
Se oyeron lentos y vacilantes pasos afuera, luego una pausa, y la puerta se abrió. Stewart apareció, con la cabeza descubierta bañada por el sol. Magdalena recordó con un escalofrÃo la talluda figura, la recamada chaqueta de piel de ante, el rojo pañuelo del cuello, el amplio cinturón de hebilla de plata y las chaparreras. Su mirada pareció impresionarle de pies a cabeza con la rapidez del rayo. Mas al contemplar ahora su faz no lograba reconocerle. La mera presencia del sujeto causábale indignación, y, sin embargo, algo en ella, tal vez aquel fondo incomprensible de su naturaleza, se estremecÃa a la vista de aquel espléndido y sombrÃo bárbaro.