Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Si Dios te oyera! —replicó abrumado el cowboy.
—Acabará por oÃrme si no te enmiendas, Gene Stewart —replicó Florencia—. Pero no seas loco —prosiguió suplicante—. Vete, Gene, únete a los rebeldes allende la división, como tantas veces has amenazado hacer. Haz lo que quieras, menos quedarte aquà y exponerte a exasperar a Al. Tu amigo te matará, del mismo modo que matarÃas tú al hombre que hubiese insultado a tu hermana. No le crees una situación difÃcil. SerÃa darle a ella un disgusto, Gene.
La sutil sugerencia no escapó a Magdalena. Deplorándolo sumamente, le era imposible no oÃr una conversación que a todas luces no estaba destinada a sus oÃdos, e hizo un vano esfuerzo para evitarlo.
—Flo, tú no puedes ver esto desde el punto de vista de un hombre —replicó el tranquilamente—. Me quedaré y tomaré mi medicina.
—Gene, tú y tu ralea de cowboys tozudos como mulas acabarÃais haciéndome disparatar. Escucha. Mi cuñado, Jack, oyó algo de lo que te dije anoche. Sabes que no eres santo de su devoción. Temo que se lo diga a Al… Por amor de Dios, vete al pueblo y ciérrale la boca y… cierra también la tuya de paso.
Luego, Magdalena la oyó entrar en la casa y llamar en la puerta de su aposento, diciendo a media voz.
—¿Está usted despierta, señorita Hammond?