Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena y sus amigos no se atrevieron a desplegar los labios por temor a romper el conjuro que había dado al traste con la habitual modesta reticencia del inglés. Había explorado el Brasil, guerreado en África del Sur contra los boers, recorrido la India y África en excursiones cinegéticas…, aventuras todas de las que jamás hablaba. En la ocasión presente, empero, dando la narración de Monty como cierta, y excitado por el carácter homérico de ella, tal vez quebrantaría su reserva. Los cowboys casi se hincaron de rodillas, suplicantes. En sus palabras adivinábase una reprimida ansiedad, que era algo más que el mero deseo de oír una historia de labios de un lord. Magdalena comprendió que los muchachos habían descubierto de pronto que Castleton no era el obtuso y crédulo sujeto de quien tanto habían abusado; que, desempeñando a la perfección un papel, se divertía a su costa; y por último que se proponía narrar una historia, una patraña que dejase en mantillas las de Monty. La impaciente expectación de Nels denotaba el gozo con que acogería cuanto viniese a empequeñecer a su rival, y la lenta extinción de la sonrisa de Monty, el gradual encogimiento de su altivo porte, la perplejidad con que miraba a Castleton… eran una prueba de su temor.