Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste »Una mañana, al salir radiante el sol, miró a través del ventoso cerro hacia el prado cubierto de ondulante hierba y doradas flores del magüey[27] y vio a la Virgen que con un ademán le saludaba. De nuevo cayó de hinojos; mas Ella le levantó, dándole luego algunas de aquellas milagrosas flores y ordenándole que abandonara su casa y su congregación y siguiera la ruta que le trazase el impalpable polvillo en su vuelo. Allí encontraría oro, oro puro, fortuna prodigiosa que aportar a su mísero pueblo y para poder levantar una iglesia a la Virgen y una gran ciudad.
»El padre Juan tomó las flores y abandonó su hogar, prometiendo volver. Dirigióse hacia el Norte, a través del árido desierto y de los desconocidos puertos de las montañas, hasta llegar a una nueva comarca en la que unos bélicos y feroces indios pusieron en grave peligro su vida. Mas el padre Juan era afable y bondadoso y de verbo persuasivo; joven y de apuesto continente. Los indios pertenecían a la tribuna apache, y entre ellos instalóse como misionero. Supo de montañas en cuyas laderas había guijos del precioso metal; la mayoría, sin embargo, se mantuvo hostil a su persona y a su religión. A pesar de todo el padre Juan oraba y laboraba.