Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Stewart se estremeció ligeramente. Su actitud tuvo algo de su antigua serena audacia. Al mirarla varió sutilmente.
¡Qué descaro, pensó Magdalena, presentarse a ella ante sus invitados con una explicación de su conducta! Súbitamente experimentó una íntima ráfaga de dolor, tan extraña, tan incomprensible, que la dejó aturdida. Luego la invadió una fría cólera, no hacia Stewart, sino hacia sí misma, por dejarse llevar de semejantes emociones. Aparentemente serena, glacial, con la altanera mirada fija en Stewart, sentíase consumida por la rabia y la vergüenza.
—No quiero que crea usted… —exclamó él, apasionadamente, mas se interrumpió y una oleada de sangre afluyó a su rostro.
—Lo que pueda usted hacer o creer, Stewart, no es de mi incumbencia.
—Señorita… señorita Hammond… ¿Cree usted, acaso…? —tartajeó el cowboy.
Al primitivo sonrojo sucedió una intensa palidez. Su expresión era suplicante, con un fondo de timidez que impresionó a Magdalena a pesar de su ira. En aquel momento había algo de ingenuo en Stewart. Éste dio un paso adelante con una mano extendida en un ademán que, dentro de su humildad, era digno.
—¡Pero… escuche! Dejemos aparte lo que… lo que usted pueda pensar de mí… Hay una razón para…