Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Reposadamente, Magdalena sé puso en pie, y con un ademán llamó a los perros, tomando el sendero que conducía al campamento. A su primitiva sorpresa sucedió una sensación de pesadumbre, viendo que la regeneración de Stewart había sido incompleta. Luego, la pesadumbre dio paso a un insoportable recelo, pensando en que mientras ella consideraba al cowboy como una romántica figura, y soñaba complacida en su bienhechora influencia, él había sido sencillamente bajuno. La idea la mortificó. Stewart no había representado nada para ella pensó, mas se había sentido orgullosa de él. Trató de analizar los aspectos del caso, ser justa con él, cuando todas sus instintivas tendencias eran de arrojarle a él y cuanto con él se relacionase, de su pensamiento. Sus intentos de atenuar o justificar el hecho fracasaron lamentablemente ante su orgullo. Con un esfuerzo de voluntad apartó a Stewart de su mente.
No volvió a pensar en él hasta ya muy entrada la tarde, cuando al salir de su tienda para reunirse con sus huéspedes el cowboy le entretalló el paso.
—Señorita Hammond, he visto sus huellas en la vereda —comenzó diciendo ansiosamente, aunque su tono era natural y tranquilo—, y pienso… creo… tal vez ha formado usted un juicio…
—No quiero explicación alguna —interrumpió Magdalena.