Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Finalmente fue a reunirse con la mujer un hombre de talluda estatura, portador de un envoltorio, que ella recogió. Avanzaron hasta el claro, y parecían hablar muy gravemente. Un instante después Magdalena reconoció a Stewart. Su asombro no fue mayor de lo que antes había sido. Mas en los momentos sucesivos apenas si pensó en ella… Limitóse simplemente a contemplar cómo la pareja se acercaba. Por su mente cruzó como un relámpago el recuerdo de su curiosidad por las extrañas ausencias de Stewart del campamento, y luego, al renacer sus antiguas dudas acerca del cowboy reconoció a la mujer. La pequeña y oscura cabeza, el atezado rostro, los enormes ojos —Magdalena veíalos ya clara y distintamente— pertenecían a la joven mejicana, a Bonita. Stewart se reunía allí con ella. Ése era el secreto de sus solitarias jornadas, emprendidas desde que entró al servicio de Magdalena. Este recóndito claro era el lugar de su rendez-vous. Allí la tenía oculta.