Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste De pronto Russ, el más fino de olfato de los perros, levantó la cabeza gruñendo. Magdalena temió que hubiese venteado un puma o un gato montés. Le aquietó, mientras miraba detenidamente a su alrededor. A ambos lados velase una hilera irregular de enormes monolitos desprendidos de los riscos por la acción del tiempo. El pequeño claro era abierto y herboso, salpicado acá y acullá por algún pino o algún peñasco. Su portillo parecía avanzar entre una caótica diversidad de cañones y lomas. Mirando en aquella dirección, Magdalena vislumbró la cenceña y oscura figura de una mujer, avanzando cautelosamente entre los árboles. Su sorpresa por la inesperada presencia no estuvo exenta de temor, porque aquel sigiloso pasar de árbol en árbol tenía en sí un aire de misterio, cuando no de algo peor.