Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los cowboys tenÃan secretos. Magdalena aprendió algunos. Se maravillaba de su extraña forma de disimular sus emociones, excepto las de risa o violencia, tan fácilmente provocables. Y ello era tanto más singular cuanto que se mostraban intensamente sensibles a ciertos pequeños detalles ante los que los hombres de mundo habrÃan permanecido ciegos. Magdalena acabó por creer que una existencia peligrosa y ruda en una región estéril y salvaje desarrollaba grandes principios en los hombres. Viviendo muy en contacto con la tierra, bajo los frÃos y tétricos picachos, cerca del polvoriento desierto, los seres crecÃan como la naturaleza que les rodeaba —duros, feroces, terribles tal vez, pero grandes— grandes, con una fuerza elemental.
Cierto dÃa, en que iba sola de paseo, hallóse de improviso en una casi imperceptible vereda que serpenteaba por entre los peñascos. Mediaba la tarde de verano, y alrededor de Magdalena las proyecciones de sombra de los riscos se destacaban sobre los trechos soleados. La quietud era absoluta. Siguió adelante, no sin darse cuenta de que tal vez se alejaba demasiado del campo; pero se arriesgaba a ello por estar bien segura del camino de regreso y sentirse atraÃda por los salvajes riscales, nuevos para ella. Finalmente, llegó a un banco cortado abruptamente ante un bellÃsimo claro, y allà se sentó a descansar antes de emprender la vuelta.