Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste «¡A pesar de todo, acabará por no pasar nada!». Magdalena no esperaba sino su indicación para abandonar el campo; y entre tanto, visto que ninguno de ellos aspiraba a nuevas aventuras, dio sus paseos sola o acompañada a veces por un cowboy, y siempre con sus perros. Eran sus excursiones motivo de inagotable deleite, y ahora que los cowboys discurrían con ella sin reservas, su afición a las sencillas historias que solían narrar era mayor cada día. Cuanto más los conocía, más dudaba de la eficacia del aislamiento en la vida. Su camaradería con Nels y con la mayor parte de los cowboys era, en sus efectos, comparable a la de los recios pinos y de los riscos y del purísimo viento. Su humorismo, rasgo predominante para quien llegase a conocerles, impedía que Magdalena hallase molesta su rudeza. Eran soñadores, como son soñadores cuantos hombres llevan una existencia solitaria.