Bajo el cielo del oeste

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Luego, a medida que fueron llegando las mujeres hiciéronlas montar a caballo, emprendiendo la marcha escoltadas individualmente por cowboys. Se cruzaron escasas palabras. La premura parecía ser la idea dominante; apremiábase a los caballos, y en cuanto embocaron el portel obligáronles a tomar un trote largo. Uno de los cowboys aballaba cuatro hateros que conducían el equipaje de la comitiva. Castleton y sus compañeros montaron y salieron a galope para dar alcance al resto de la partida que les había tomado la delantera. Magdalena se quedó a retaguardia con Stewart, Nels y Monty.

—Se desviarán en la hondonada que empalma con el portel algunas millas más abajo —decía Nels, ajustando la cincha—. Esa hondonada va a parar a un cañón. Una vez en éste será cosa de que cada cual cuide de sí mismo, pero entiendo que nada iría peor que una galopada.

Nels sonrió alentadoramente a Magdalena, pero sin decir una palabra. Monty cogió la cantimplora de la joven y la llenó en el manantial, colgándola luego de la perilla de su silla. En las cantinas puso algunas galletas.

—No se olvide de tomar un bocado y un trago durante la jornada —dijo—. Y no se preocupe, señorita Majestad. Stewart irá con usted, y Nels y yo no andaremos muy lejos.


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