Bajo el cielo del oeste

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Elena no había salido de su apostadero y por consiguiente no pudo presenciar el último acto del pequeño drama. Así y todo parecía que su afán de aventuras había quedado más que satisfecho, a juzgar por la palidez de su semblante y el tono trémulo con que preguntó si los guerrilleros se habían marchado.

—No vi el final, pero aquellos terribles alaridos me bastaron.

Ambrosio hizo apresurar el paso a las tres mujeres por el abrupto declive de rocas del acantilado. En el campamento los cowboys ensillaban a toda prisa los caballos. Evidentemente los habían sacado todos de su escondrijo. Al momento, sin más precauciones que las que imponía al cuidado de sus propias vidas o la integridad de sus miembros, Magdalena, Christine y Elena bajaron, valiéndose de los lazos, hasta el llano. Cuando llegaron felizmente abajo, el resto de la expedición asomó por el cantil. Estaban de excelente humor, pareciendo considerar el hecho como un colosal bromazo.

Ambrosio puso a Christine a caballo y marchó por entre los pinos. Frankie Slade hizo lo propio con Elena. Stewart acercó a Magdalena su montura, la ayudó a montar y no pronunció más que una palabra:

—¡Espere!


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