Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los guerrilleros vacilaron y, dispersándose, corrieron hacia donde tenían los caballos. Don Carlos se levantó del suelo y se alejó tambaleándose para montar a caballo con ayuda de los suyos. Luego miró hacia atrás, el pálido y ensangrentado rostro descompuesto por diabólica expresión. La cuadrilla se puso en movimiento y un instante después había desaparecido.
—¡Ya me lo figuraba! —declaró Ambrosio—. ¡No he visto nunca a un peón capaz de afrontar un revólver! ¡Y eso que hubo momentos…! ¡Y Monty Price no llegó ni a sacar el suyo! No se consolará nunca de ello. Opino, señorita Hammond, que hemos estado de suerte evitando complicaciones. Como usted ha podido ver, Gene se salió con la suya. En menos de nada estaremos camino del rancho.
—¿Por qué? —susurró Magdalena, anhelante. Pasada la tensión del momento advirtió que estaba decaída y temblorosa.
—Porque los guerrilleros recobrarán su audacia y nos seguirán la pista o intentarán tomarnos la delantera para que cargamos en una emboscada —replicó Ambrosio—. Es su modo de proceder habitual. De no ser así, tres cowboys no podrían amedrentar a toda una cuadrilla como ésa. Pero opino que corremos ahora mayor peligro que antes si no salimos pronto de estas montañas. ¡Vea! Gene nos está llamando. ¡Vamos! ¡Aprisa!