Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Con un soberbio brinco Stewart cavó sobre él. El grito del guerrillero se ahogó en su garganta. Una feroz lucha, demasiado rápida para poderse apreciar, sucedió al primer choque y luego recios y retumbantes golpes. Don Carlos cayó como una masa al suelo. Stewart dio un salto atrás. Luego, encorvándose con las manos en las culatas de los revólveres pendientes a ambos lados de la cintura apostrofó con voz de trueno a los guerrilleros. Sus movimientos habían tenido la rapidez de la pantera y su voz un acento tan terrible que heló la sangre en las venas de Magdalena, a la par que la amenaza de mortal violencia de su postura le hacía cerrar los ojos. Mas tuvo que volver a abrirlos. En aquel instante Monty y Nels se habían colocado junto a Stewart, inclinados ambos, con las manos en idéntica posición que su compañero. El penetrante alarido de Nels pareció mezclarse al rugido de cólera de Monty. Luego callaron, y el eco repitió entre los riscos su amenaza. El silencio de aquellos tres hombres recogidos como tigres a punto de caer sobre su presa era más terrible, más amenazante que los espeluznantes alaridos.