Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No tardó mucho Stewart en variar de ruta, torciendo en ángulo recto del sendero, y adentrándose en una hondonada, entre dos collados de escasa elevación. Magdalena observó unas huellas en los trechos rasos. Stewart moderó el paso. Al hacerse más profunda, la hondonada se hacÃa más angosta, con un holladero pedregoso y lleno de troncos y matojos. Magdalena apeló a toda su habilidad para lograr mantenerse cerca de Stewart. No pensaba en él ni en su propia seguridad. Su único anhelo era hacer seguir a Majesty las huellas del negro, eludir las aceradas púas de los zarzales y evitar las traicioneras piedras sueltas del camino.
La brusca detención de Stewart y su caballo obligó a Magdalena a hacer también alto. Levantando la vista, vio que se hallaba en el fondo de un cañón que se abrÃa hacia abajo, extendiendo sus grisáceas laderas cubiertas a trechos de verdor, hasta morir en un sombrÃo y denso pinar. La parda monotonÃa de los cerros ofrecÃa gran contraste con la parte abajeña del bosque, y en lontananza, rojizo y caliginoso, vislumbrábase el desierto. Aguzando su mirada, Magdalena vio a los hateros cruzar un abertal una milla más abajo, pareciéndole distinguir también a los perros. La penetrante mirada de Stewart escudriñaba las laderas, a lo largo de las riscosas escarpas. Luego, inició la bajada.