Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Si al pasar por allí los cowboys habían dejado rastro, Stewart no lo siguió. Fuese hacia la derecha, siguiendo en zigzag un intrincado camino a través del terreno más escabroso que Magdalena había recorrido en su vida. Marchaba entre cedros, buscaba paso entre enormes peñascos, dejaba que su caballo se deslizase a lo largo de inseguras llambrías[31], cruzaba cauta y lentamente resbaladizos hormazos. Magdalena le seguía, soportando una marcha que ponía a dura prueba su fortaleza y su coraje. Con un caballo corriente le habría sido imposible seguir de cerca a Stewart. El polvo y el calor, unidos a una ardorosa sensación de resecamiento de la garganta, hicieron pensar a la joven en la hora, quedando sorprendida al ver que el sol declinaba ya hacia el Oeste. Stewart no se detuvo ni un instante, ni volvió una sola vez la cabeza, ni despegó los labios. Limitábase a comprobar que Majesty continuaba detrás de él. Magdalena recordó los consejos de Monty acerca de que comiese y bebiese por el camino. Lo peor de esta ruda jornada fue al llegar al pie del cañón. Los cedros caídos, los matorrales y las estoras eran obstáculos fáciles de salvar comparados con las interminables millas de peñas sueltas y galayos. Los caballos resbalaban y tropezaban. Stewart procedía aquí con un extremado tiento. Por fin, el cañón desembocó en un bosque de pinos llano, mientras el sol se ocultaba en el Oeste.