Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Nuevamente se detuvo Stewart. En la negrura, Magdalena vislumbró una cabaña de troncos, y más allá árboles oscuros en forma de pera, destacándose en: la línea del horizonte. Apenas si veía al cowboy no obstante estar apoyado en su caballo. No podía precisar si escuchaba o si debatía consigo mismo lo que procedía hacer. Poco después, Stewart se fue hacia la cabaña. La joven oyó el chasquido de una cerilla; luego vio su tenue luz. El albergue parecía abandonado. Probablemente era una de las incontables viviendas pertenecientes a exploradores y guardabosques que pasan la vida en las montañas. Stewart volvió a salir, pasando por detrás de los caballos y acercándose luego a Magdalena. Durante algunos instantes permaneció inmóvil como una estatua y escuchó. Ella le oyó murmurar: —Si hemos de salir precipitadamente, puedo montar a pelo—. Con estas palabras desensilló su caballo, llevándose a la cabaña la silla y la manta.
—¡Apéese! —dijo en voz baja, saliendo al umbral.
La ayudó a descender, guiándola luego al interior de la cabaña, donde encendió otra cerilla. Magdalena pudo entrever una tosca lar y varios troncos. La manta y la silla de Stewart yacían en el suelo, de tierra apisonada.