Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Stewart avanzaba con relativa lentitud. Los ladridos de los coyotes parecían sobresaltarle. En varias ocasiones se detuvo a escuchar. Y durante uno de esos intervalos rasgaron el silencio secos y metálicos disparos de rifles. Magdalena no pudo precisar si procedían de cerca o de lejos, si de la derecha o de la izquierda, pero era evidente que Stewart estaba confundido y alarmado. Desmontó, y cautelosamente avanzó unos cuantos pasos a pie para escuchar mejor. La joven creyó oír en lontananza un grito apagado. Este grito fue lanzado por un coyote; sin embargo era tan plañidero, tan humano, que Magdalena tembló. Stewart volvió a su lado. Empuñando las bridas de ambos caballos echó a andar, deteniéndose a cada diez o doce pasos para escuchar. Cambió su ruta varias veces, y la última se internó en un paraje áspero y abrupto, entretallado por roqueñas lomas. Las herraduras de los caballos retiñían al chocar contra las piedras. El sonido debía penetrar muy adentro de la selva. Esto contrariaba a Stewart, pues buscó un holladero más blando y silencioso. Las sombras se habían trocado en una completa oscuridad. Las estrellas refulgían. El viento empezó a soplar. Magdalena creyó que habían transcurrido muchas horas.




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