Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los cautelosos pasos de Stewart se dejaron oír fuera. Su figura apareció en el umbral. Al sentarse, Magdalena oyó el baque de un revólver que dejó al alcance de su mano, en el suelo; luego, idéntico ruido al dejar otro. Los sonidos la escalofriaron. Los amplios hombros de Stewart llenaban el hueco de la puerta; su cabeza y su adusto perfil se destacaban netamente contra el cielo; el viento encrespaba su cabello. Volvió su oído hacia ese viento, y escuchó permaneciendo inmóvil durante un tiempo que a ella le parecieron horas.
El emocionante recuerdo de la aventura de aquel día, la indecible belleza de la noche, y una extraña, profundamente arraigada y dulcemente vaga conciencia de próxima ventura se disipaban en el fuego abrasador del oprobio de que, a sus ojos, se había cubierto Stewart. Y sin embargo, algo había cambiado en ella, pues lo que empezó siendo cólera contra sí misma se convertía en compasión por él. ¡Stewart era todo un hombre! Magdalena no podía sentir como antes; reconocía su deuda con él; pero no podía expresarle su gratitud, ni dirigirle siquiera, la palabra. Y el conflicto provocaba en ella una incomprensible amargura.