Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Cerrando los párpados procuró descansar, perdida toda noción de tiempo. Cuando la llamó Stewart, sus ojos se abrieron a la grisácea claridad del alba. Levantándose, saltó afuera. Los caballos relincharon. Un momento después estaba en la silla, dándose cuenta entonces de su cansancio y del entumecimiento de sus miembros. Stewart arrancó al trote largo, internándose en el pinar. Los caballos avanzaron incansablemente; el descenso fue haciéndose menos abrupto. Los árboles se dibujaban con precisión.
Cuando salieron de la arboleda el sol estaba ya sobre el horizonte; ante Magdalena los cerros se extendían interminables; y en su falda, de donde arrancaba el valle, divisó un manchón oscuro que reconoció al punto: era el rancho.