Bajo el cielo del oeste

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—Saluda de mi parte a Monty Price. ¡Dile, que… que… me alegro de que me besase!

Las pupilas de Elena se animaron con una dulce, grave, aunque burlona luz, al decir:

—Majestad, cuando vengas lleva a Stewart contigo. Hará furor.

Magdalena acogió la frase con la misma alegre ligereza con que lo hicieron los demás; pero más tarde, mientras regresaba al rancho, recordó las palabras de Elena y sobre todo su acento, con una sensación de sobresalto. Cuanto se refiriese a Stewart, mención o recuerdo, la disgustaba.

—¿Qué quiso decir Elena? —musitó Magdalena. El brillo burlón de las pupilas de su hermana había sido sencillamente un irónico destello, un cínico relámpago hijo de su mundana experiencia, tan maliciosa y tolerante en su sabiduría. En la dulce gravedad de la mirada de Elena había habido algo más hondo, más sutil. Magdalena quería comprenderlo, adivinar en ello una nueva relación entre Elena y ella, algo noble y maternal, conducente a un mayor cariño. Mas la idea girando en torno a la extraña sugerencia de Stewart, nacía ya envenenada, y la desechó de su mente.


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