Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Los días pasaban y Stewart continuaba en el rancho, mas ya sin su antigua devoción a la tarea. El verle deambular cabizbajo de un lado a otro no modificó el estado de ánimo de Magdalena. Esto la desazonaba, y precisamente por desazonarla se hizo más adusta. Además, no pudo dejar de oír fragmentos de conversaciones, de las que dedujo que Stewart estaba perdiendo el dominio de sí mismo y que pronto iría de nuevo por malos derroteros. La verificación de sus sospechas las convirtió en una creencia, y ésta trajo un agudo conflicto entre su generosidad y un sentimiento que no acertaba a calificar. No era una simple cuestión de justicia o de clemencia o de simpatía. Si una sola palabra suya hubiese podido impedir que sumiera Stewart su espléndida masculinidad en aquella brutal degradación cuyo espectáculo la hizo retroceder en Chiricahua, no la habría pronunciado. No podía reponerle ya en su primitiva estimación; en el fondo, no lo necesitaba para nada en el rancho. Una vez, considerando su conocimiento de los hombres, se sometió a sí misma a un interrogatorio encaminado a averiguar por qué no podía tolerar o condonar la transgresión de Stewart. Anhelaba no volver a hablar con él, ni verle ni pensar en él. En cierto modo, su interés por Stewart había acabado causándole un inexplicable desdén hacia sí misma.