Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Veloz como un gato, Monty salió con él. Magdalena oyó su paso ligero y suave atravesar su aposento en dirección al despacho. Había dejado allí sus armas. La joven se echó a temblar. Vio a Stewart ponerse sosegadamente en pie y, sin la menor alteración de su sombrío rostro, salir del patio, con Nick Steele detrás. Stillwell dejó caer la copa que tenía en la mano. Al romperse, y con ella el silencio, su famosa sonrisa se desvaneció, recuperando el rostro su habitual rigidez a la par que se acentuaba y oscurecía el tinte rojizo de la piel. Cerrando tras de sí la puerta, salió a su vez afuera.
Luego reinó una profunda quietud. El placer del momento había sufrido una ruda interrupción. Magdalena recorrió con la mirada la hilera de atezados semblantes, viendo como la expresión de alegría se trocaba en la vieja dureza de líneas familiar.
—¿Qué pasa? —preguntó torpemente Alfredo. El cambio de situación había sido demasiado rápido para él. De pronto, pareció despertar y darse completa cuenta de la interrupción.
—Voy a ver quién ha venido a aguamos la fiesta —dijo, saliendo tras de los otros.
Antes de que los reunidos hubiesen podido desplegar los labios, regresó, encendido el rostro por la cólera.