Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Un sonoro golpeteo de herraduras y un alarido del exterior interrumpió a Stillwell y dejó suspendida su mano en alto.
En el patio reinó el silencio de una habitación desocupada.
Por las abiertas puertas y ventanas del aposento de Magdalena irrumpió el ruido de caballos violentamente refrenados, luego rudas voces de hombres y un gro femenil de dolor.
Rápidos pasos cruzaron el porche y entraron en la estancia de Magdalena. Nels apareció en el umbral. La joven recordó entonces con asombro que no le había visto en la mesa. Su semblante la perturbó.
—Stewart, afuera haces falta —dijo sin rodeos—. Monty, ven conmigo, y tú, Nick y… y Stillwell. Los demás podéis cerrar las puertas y quedaros dentro. —Nels desapareció.