Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste El banquete empezó con relativa quietud, divididos los cowboys entre su azoramiento y su apetito a cuya voracidad no se atrevían a dar rienda suelta. Sin embargo, los vinos de marca desataron sus lenguas, y cuando Stillwell se puso en pie para pronunciar el discurso que todos parecían esperar, fue acogido con ensordecedor vocerío.
El viejo ganadero era todo sonrisas. Su contento era tal que se le saltaban las lágrimas. Divagó elocuentemente hasta el momento de alzar la copa.
—Y ahora, muchachas y muchachos, bebamos por los novios, por su sincero y perdurable amor; por su dicha y su prosperidad; por su salud y larga vida. Bebamos por la unión del Este y del Oeste. No hay hombre alguno, si tiene sangre en las venas en lugar de horchata, que pueda resistir la atracción de una mujer del Oeste, de un buen caballo y del mejor don de Dios…, los abertales de nuestra bendita tierra. Por eso proclamamos a Alfredo Hammond como uno de los nuestros y le ofrecemos nuestra lealtad. Y, amigos, creo oportuno que brindemos por su hermana y, con ella, por nuestras esperanzas. ¡Bebamos por la dama a quien consideramos nuestra Majestad! Y finalmente, bebamos por el hombre de pelo en pecho y corazón esforzado que procedente del Oeste vendrá algún día con un raudo caballo y certero lazo a conquistarla y alcanzarla. ¡Bebamos, amigos!