Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al abandonar el patio advirtió que Alfredo, con Florencia y los cowboys, se disponían a seguirla. Cuando desde su aposento salió al porche, oyó varias voces masculinas en airada discusión. El espectáculo de Bonita, cruel y despiadadamente atada sobre un caballo, pálida, desmelenada y con aire de sufrimiento, causó a Magdalena la misma impresión, el mismo escalofrío que la vista o el mero nombre de aquella muchacha le causaba siempre. En su pecho sintió una aguda punzada, aquel vivo tormento que tanto la avergonzaba. Mas, casi instantáneamente, cuando una segunda ojeada le hizo ver la agonía retratada en el semblante de Bonita, sus brazos magullados por la cuerda que se hundía en sus carnes, sus manos cubiertas de sangre, la compasión se sobrepuso en Magdalena a todo otro sentimiento. Compasión por la infortunada muchacha y, con ella, la indignación propia de toda mujer ante tan bárbaro tratamiento infligido a una de su sexo.