Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste En el sujeto que llevaba de la brida al caballo en que iba Bonita, Magdalena reconoció al guerrillero que en el campamento de los riscales habÃa descubierto el cesto de las botellas. Rubicundo de rostro, barbinegro, de aspecto repulsivo, a todas luces bajo la influencia del alcohol, tenÃa un aspecto tan feroz como un gorila y era no menos repugnante. A su lado habÃa otros tres hombres, todos jinetes en cansinos caballos. A su frente, escuálido, de facciones agudas, ojuelos encarnados y barbilla en punta, iba el sheriff de El Cajón.
Magdalena titubeó un instante, deteniéndose luego en mitad del porche. Alfredo, Florencia y algunos cowboys la siguieron; el resto de su gente y los invitados se apiñaron en las puertas y ventanas; Stillwell vio a Magdalena, y, alzando los brazos, vociferó para hacerse oÃr. El gesto hizo callar a los gesticulantes y pendencieros intrusos.
—Vamos a ver, Pat Hawe, ¿qué te trae por aquÃ, tan desaforado como un becerro loco? —preguntó el veterano.
—No desgarites, Bill —replicó Hawe—. Demasiado sabes a lo que vengo. Bastante paciencia he tenido. Pero ahora estoy resuelto. Vengo a prender a un criminal.
El fornido ganadero experimentó una sacudida como si hubiese recibido un porrazo. Su semblante se congestionó.