Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¿De modo que ése es tu juego? —vociferó Stillwell—. ¡Bravo! Me alegro de verte tal y como eres, Pat. Ahora escucha, especie de coyote. Por lo visto te es igual el hacerte con más o menos enemigos. Demasiado sabes que no volverás a desempeñar cargo alguno en esta región. ¿Qué puede importarte? Es sorprendente lo resuelto que estás a perseguir y castigar al hombre que, mató a ese particular mejicano. Si no recuerdo mal, durante el pasado año murieron más de una docena a mano airada. ¿Por qué no te dedicas a buscar a sus asesinos? Yo te lo diré: tienes miedo. Te causa pavor acercarte a la divisoria, y tu odio hacia Stewart te impulsa a acosarle y a encerrarle en donde no ha estado nunca…, en la cárcel. Quieres vengarte asà de sus amigos. ¡Bravo! ¡Escucha, coyote larguirucho y sarnoso! ¡Adelante! ¡Arréstale… si puedes!
Dando una prodigiosa zancada, Stillwell salió del porche. Sus últimas palabras habÃan sido glaciales. Su ira pareció haberse transferido a Hawe. El sheriff comenzaba a farfullar, agitando un brazo en dirección del ganadero, cuando Stewart se adelantó:
—¡Alto, muchachos! ¡Dejadme meter baza a mà también!