Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Al ver al cowboy, la mejicana pareció despertar súbitamente de su estupor. Forcejeó con sus ligaduras, como si intentase alzar las manos implorantes. Un tinte rosado animó su macilento rostro, y los enormes ojos relampaguearon.
—¡Señor Gene! —Zollipó—. ¡Ayúdeme! ¡Estoy enferma! ¡Me han pegado! ¡Me han atado! ¡Desfallezco! ¡Oh, ayúdeme, señor Gene!
—¡Si no callas te amordazo! —dijo el individuo que sujetaba su caballo.
—¡Ponle un bozal si vuelve a ladrar, Sneed! —ordenó Hawe.
En el breve silencio que luego se produjo Magdalena percibió algo tenso y contenido. ¿Fue acaso un efecto de su propia excitación? Su rápida mirada apreció los semblantes de Nels, Monty y Nick, sombrÃos, alerta, glaciales. Le extrañó que Stewart no mirase a la mejicana. El cowboy estaba igualmente hosco, pero sosegado, sereno, con algo amenazador en su aspecto.
—Hawe, si me entrego sin ofrecer resistencia —dijo lentamente—, ¿desatarás las ligaduras de esa muchacha?
—No —replicó el sheriff—. Ya se me ha escapado una vez. Maniatada está y maniatada se queda.
—Bien está; démonos prisa —dijo Stewart—. Ya has molestado bastante. Vamos a los corrales a buscar mi caballo.