Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Para! —aulló Hawe, viendo dar media vuelta a Stewart—. ¡No tan vivo! ¿Quién manda aqu� Conmigo no te valen esos desplantes estilo «El Capitán». Tú irás en uno de mis hateros, y amanillado.
—¿Quieres ponerme las esposas? —preguntó Stewart; con súbito arrebato.
—¿Qué si lo quiero? ¡Ja! ¡Ja! No, Stewart…, es simplemente lo que hago con los ladrones de caballos, los bandoleros mejicanos, asesinos y gentuza asÃ. ¡Tú, Sneed, pie a tierra, y amanilla a este hombre!
El guerrillero llamado Sneed saltó del caballo y empezó a escudriñar en las cantinas de su silla.
—Como verás, Bill —prosiguió Hawe—, para este particular asunto juramenté un nuevo delegado. Sneed tiene una práctica especial. Fue él quien me acorraló a esta gata mejicana.
Stillwell no oÃa siquiera al sheriff; miraba a Stewart con indecible sorpresa.
—¡Gene! ¿Vas a tolerar esos hierros? —dijo suplicante.
—¡SÃ! —replicó el cowboy—. Bill, viejo amigo, aquà soy un advenedizo. No hay razón para que la señorita Hammond y su hermano y Florencia sufran mayores perjuicios por mi causa. Ya les he amargado un dÃa feliz… Cuanto antes me vaya, mejor.