Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —PodrÃa ocurrir que tuvieses en demasiada consideración los delicados sentimientos de la señorita Hammond. —En el veterano ranchero no se advertÃa rastro alguno de su habitual afable cortesÃa. Su aspecto era duro como el granito—. ¿Y los mÃos? Yo quisiera saber si permitirás que ese rastrero coyote, esa miserable reliquia de los antiguos tiempos de los sheriffs borrachos y camorristas de la frontera, te ponga los hierros y te lleve a la cárcel atado como una res.
—Sà —replicó serenamente Stewart.
—¡Por Dios!… ¡Tú, Gene Stewart!… ¿Qué te ha ocurrido? ¡Por todos los santos!, Gene…, vete adentro y déjame solventar este asunto. Mañana puedes coger tu negro y presentarte a las autoridades como cumple a un caballero.
—No. Iré ahora mismo. Gracias, Bill, gracias por el apoyo que tanto tú como los muchachos me ofrecéis. Pero… ¡de prisa, Hawe… antes de que me arrepienta!
Al terminar la frase su voz se quebró, revelando el prodigioso dominio que habÃa ejercido sobre sus pasiones. Doblegando la cabeza, calló como si súbitamente hubiese perdido la energÃa.