Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena vio en él un reflejo del Stewart avergonzado y vencido de los primeros días. El vago tumulto de su pecho se transformó en consciente furia…, en una apasionada repudiación de la pasividad de Stewart. No porque le deseara rebelde, sino porque le era insoportable verle pisotear su propia reputación. En otros tiempos le había suplicado que fuese su clase de cowboy… un hombre en quien la razón templase las pasiones; le había dejado comprender cuán penosa y repugnante era para ella cualquier violencia. Y la idea le había obsesionado, ablandado, creciendo y extendiéndose como ponzoñosa hiedra sobre su voluntad hasta ahogarla, y privarle de audacia y de un arrojo de que ahora, extrañamente, hubiera querido verle dar pruebas. Cuando Sneed se adelantó, haciendo retiñir las esposas, la sangre de Magdalena se trocó en líquido fuego. Hubiera perdonado que Stewart hubiese vuelto a ser entonces el tipo de cowboy que ella, con ciego y ñoño sentimentalismo, había pretendido detestar. El Oeste era tierra de hombres… para portarse en ella como hombres. ¿Con qué derecho una mujer, educada en un ambiente por completo distinto, todo molicie y blandura, se valía de su belleza y de su influencia para modificar a un hombre, temerario tal vez, pero fuerte y libre? En aquel momento, con la sangre hirviendo en sus venas, habría glorificado la violencia que tanto diera en deplorar, habría acogido con júbilo el gesto que caracterizaba el modo como Stewart trataba a don Carlos; en ella despertaba repentinamente la naturaleza de la mujer que se asimiló la vida y el temperamento de cuanto la rodeaba y que, de fijo, no habría desviado los ojos de cualquier espectáculo de violencia o de sangre.


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