Bajo el cielo del oeste

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Pero Stewart tendía las muñecas a las esposas. De pronto Magdalena oyó su propia voz perentoria y vibrante:

—¡Esperad!

En el breve espacio de tiempo que requirió para llegar al borde del porche, de cara a los hombres, no tan sólo pudo sentir su cólera, justicia y orgullo concentrando fuerzas en su ayuda, sino también algo misterioso…, algo profundo, apasionado, que no era hijo del momento.

Sneed dejó caer las manillas. El semblante de Stewart adquirió la blancura del yeso. Hawe, con un lento y estúpido embarazo que era incapaz de dominar, se quitó el sombrero con un respeto que parecía forzado.

—Señor Hawe, puedo probarle que Stewart no tuvo intervención de ningún género en el crimen por el que usted quiere detenerle.

La mirada del sheriff sufrió un repentino cambio. Tosió, tartajeó, intentó hablar. Era evidente que la situación le cogía de improviso. Su sorpresa se trocó en desconcierto.


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