Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Jadeante, con las manos crispadas sobre el pecho, Magdalena termino su relato. La revelación del secreto desencadeno su emoción; las atropelladas palabras la dejaron temblorosa y ardiente. Pensó en Alfredo… en la indignación que debÃa causarle su historia. Mas su hermano continuaba inmóvil… como aturdido. Stillwell intentaba levantar el ánimo del anonadado Stewart.
—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —prorrumpió Hawe, estrepitosamente—. ¿Has visto nunca nada parecido, Sneed? ¡Ja! ¡Ja! ¡En mà vida oà cosa mejor!
Luego cesó de reÃr, y con la mirada fija en Magdalena, una mirada insolente, malévola y salvaje, rezongó irónico:
—Pero… no espere usted que Pat Hawe o el tribunal se traguen esa parte referente a que la retuvo contra su voluntad.
Magdalena no tuvo tiempo de medir el alcance de sus últimas palabras. Convulsivamente Stewart se habÃa precipitado hacÃa delante, blanco como el yeso. Al ir a saltar sobre Hawe, Stillwell interpuso su enorme corpulencia, abrazándose al cowboy. Sucedió una breve y confusa brega en la que Stewart parecÃa vencer al viejo ganadero.
—¡Muchachos! ¡Ayudadme! —gritó éste—. ¡No puedo sujetarle! ¡Pronto, sà no queréis que corra la sangre!