Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Hawe, si tú y tu compinche gustáis de oÃr la voz humana, escuchad y escuchad firme —dijo Monty—. Porque estoy contrariando mi antiguo modo de ser, por el gusto de hablar con vosotros. Por poco si os salÃs con la vuestra a fuerza de audacia, ¿eh? Y ¿por qué? Entráis aquà como toros que salen de estampida, sacando a relucir vuestros broqueles, hablando recio, y por poco ganáis la partida. Habéis oÃdo decir que el equipo de cowboys de la señorita Hammond ha dejado de beber y de blasfemar y de llevar armas. Se han vuelto religiosos, viven decentemente, y no será cosa difÃcil apearles y aballarles hacia la cárcel. Hawe, escucha. Una mujer tan noble como hermosa, vino del Este trayendo un rayo de sol y de felicidad y nuevas ideas a las rudas vidas de los cowboys. Sospecho que es superior a tus alcances el comprender todo cuanto llegó a representar para ellos. Yo te lo diré. Perdieron la cabeza. Se volvieron mansos, pacÃficos, de buena pasta, hasta el punto de no atreverse ni a matar a un coyote, ni a una res lisiada en un abrevadero. Les dio por la lectura, por escribir a la familia, a sus madres y hermanas, por ahorrar dinero, hasta por casarse. Eran unos infelices cowboys y de pronto se vieron convertidos en seres humanos, viviendo en un mundo que contenÃa algo grato, incluso para ellos. ¡Hasta para mÃ…! ¡Para mÃ…! ¡Para un ser gastado, cojitranco, zambo, como yo! ¿Te enteras? Y tú, señor Hawe, no contento con haber maltratado, pegado y Dios sabe qué más a la infeliz Bonita, te presentas aquà y te atreves a afrentar a la dama a quien todos nosotros honramos y amamos y reverenciamos, y tú… y tú… ¡Fuego del infierno!