Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena permaneció un instante con los ojos cerrados. Temía el golpetazo de la luz.

—Ahora ya no podrá decir que no la han besado nunca —dijo Stewart. Su voz parecía venir de muy lejos—. Pero… se lo merecía. De manera que… ¡acepte su sino! ¡Tome!

Notó algo frío, metálico y duro en la mano. La obligó a asirlo y sostenerlo. La sensación del objeto la hizo volver en sí y abrir los ojos. Stewart le había dado su revólver, quedándose luego junto a ella, y presentando el pecho, apoyado en su rodilla. En sus labios se dibujaba su antigua sarcástica sonrisa.

—¡Adelante! ¡Demuestre usted que es pura sangre! ¡Con mi propia arma!

Magdalena no comprendía aún lo que quería decir.

—Después… haga que me lleven a aquel quieto lugar en el cerro… junto a Monty Price.

Con un grito de horror la joven dejó caer el revólver. El significado de sus palabras, el recuerdo de Monty, la convicción de que si lo tenía un instante más en la mano mataría a Stewart, arrancaron el acusador grito a su garganta. Él se inclinó a recoger el arma.

—Me habría usted ahorrado infinitos quebrantos —dijo, con otro alarde de burlona sonrisa—. Es usted bellísima y amable; pero… no es «pura sangre». ¡Majestad Hammond, adiós!


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