Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡No! ¡No! —jadeó. ¿Fue acaso en respuesta a alguna potentÃsima tentación? Luego, como un álabe súbitamente libertado de la fuerza que le doblega contra el suelo, se irguió—. ¡Pero… seré el hombre… o el perro… que usted me cree!
Y se apoderó de su brazo con ruda y poderosa presión, tirando de ella hasta hacerla resbalar desde la silla a sus brazos. Cayó, pecho contra pecho, un pie aún en el estribo, desvalida absolutamente. Intentó luego desasirse, mas lo único que consiguió fue cambiar de postura, alzarse lo bastante para verle a él el rostro, y su expresión la dejó paralizada. ¿PretendÃa tal vez matarla? La rodeó con sus brazos, estrechándola contra sà tan fuertemente que notó los latidos de su corazón. Luego puso sus ardorosos labios sobre los suyos, en un terrible beso interminable. Ella le sintió vibrar estremecido.
—¡Oh, Stewart! ¡Por favor! ¡Le imploro…! ¡Suélteme…!
Su pálido rostro rozaba el de la joven. Cerró los ojos. Sobre ella cayó una lluvia de besos, cubriéndole el rostro, mas sin volver a tocar sus labios. En los ojos, en el cabello, en las mejillas… sus labios dejaron ardiente huella hasta perder su fuego… Luego la soltó, volviéndola a poner sobre su silla y reteniéndola con un brazo para evitar que cayese.