Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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—Aquel día en Chiricahua habló usted de fe —exclamó Stewart—. Dijo que lo más grande del mundo era la fe en la naturaleza humana. Dijo que los más grandes hombres eran aquellos que habiendo caído muy bajo supieron elevarse. Dijo que tenía fe en mí. ¡Usted hizo que yo tuviere fe en mí mismo!

Su reproche, sin amargura ni desdén, fue un latigazo a la egoísta creencia en su equidad. Había predicado un hermoso principio para luego desentenderse de él. Comprendiendo la censura, quedóse asombrada y perpleja, pero la afrenta a su orgullo había sido demasiado grande; el tumulto de su corazón demasiado intenso. No pudo hablar; pasó el momento, y con él su breve y rudo hablar de sencillez.

—Cree usted que soy un ser envilecido —dijo—. ¡Cree… que es verdad lo de Bonita! Y, sin embargo, he estado siempre… Podría cubrir su frente de sonrojo… podría decirle…

Pareció cortar materialmente la frase con los dientes que se cerraron con seco chasquido. Los labios juntos formaron una línea sutil y acerba. La agitación de su semblante precedió a una convulsiva sacudida de sus hombros. Sus ademanes, todos, denotaron una intensa lucha interior que pareció vencerle.


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