Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena permanecía muda. El tumultuoso latido de su corazón llegaba a sus propios oídos.
De un salto Stewart se puso a su lado. Su poderosa mano se aferró a su brazo, haciéndola temblar. El ademán presagiaba su antigua e instintiva violencia.
—No; en cambio creyó usted que ocultaba a Bonita en las montañas, que me reunía secretamente con ella, y que mientras servía a usted… ¡Oh! ¡Bien sé lo que piensa! Ahora lo sé. No lo supe hasta que obligué a sus pupilas a posarse en las mías. Y ahora… ¡dígalo! ¡Hable!
Lívida de ira, ciega, absolutamente dominada por su arrebato, incapaz de contener la palabra a la vez vergonzosa, reveladora y fatal, Magdalena gritó:
—¡Sí!
Había conseguido arrancarle la palabra, mas no era lo bastante sutil, no estaba lo bastante versado en los misterios que actúan sobre los motivos de obrar de una mujer, para adivinar la honda significación de su respuesta.
Para él la palabra no tuvo más que un significado literal, confirmando el desprecio en eme ella le tenía. Desasiendo su brazo, retrocedió; extraña conducta en el rudo y salvaje ser que para ella representaba Stewart.