Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Usted no sabe que la amo, ¿verdad? —prosiguió él apasionadamente—. ¿Qué desde el dÃa en que se me apareció en aquel inmundo antro de Chiricahua la he venido amando? ¿No se ha dado cuenta de que trabajar por usted, amarla y vivir para verla han hecho de mà otro hombre? ¿No le es posible creer que he vuelto la espalda a mi antigua vida, que me he comportado decente y honorablemente, que he sido feliz siéndole útil, siendo… su clase de cowboy? ¿No podÃa saber que, no obstante mi amor, deseaba ocultar siempre mi secreto, que jamás me atrevÃa a pensar en usted sino como si fuese mi ángel guardián, mi Virgen MarÃa? Pero ¿qué sabe usted del alma y del corazón de un hombre? ¿Cómo podÃa usted comprender el amor, la salvación de quién ha pasado su vida en la soledad y el silencio? ¿Quién podÃa enseñarle la verdad de que un desenfrenado cowboy, infiel a su madre y a su hermana, excepto en el recuerdo, precipitándose a ciegas al infierno por la pendiente de la embriaguez, habÃa puesto los ojos en el rostro de una bellÃsima mujer, infinitamente superior a él, llegando a amarla de tal modo que llegó a redimirse, a recobrar su fe, y a ver el semblante de la amada en cada flor y sus ojos en cada estrella? ¿HabÃa alguien que pudiera decirle que por las noches, cuando estaba a solas con esos astros del Oeste, sentÃa una honda felicidad de vivir, de aportarle mi ayuda, de estar cerca de usted, de interponerme entre usted y las angustias y disgustos y peligros, y de pensar que en cierto modo formaba parte, por insignificante que fuese, de ese Oeste que usted habÃa empezado a amar?