Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Esto no es nada —dijo con una sombra de su antigua audacia—. Esto no es nada en comparación del daño que me ha hecho.
Magdalena luchaba por dominarse. Era imposible resistir a aquel hombre. Jamás le habÃa parecido tan viva la rigidez de sus facciones, la pétrea dureza de aquellos hijos del desierto, y la revelación de su indómito espÃritu. Su aspecto era severo, acerbo, desencajado. El tono moreno de su piel se trocaba en gris…, el gris ceniciento de la reprimida pasión. En él apenas si quedaban huellas de las buenas cualidades que ella habÃa contribuÃdo a sacar a la luz. Los penetrantes ojos parecÃan abrasarla, traspasarla como si estuviesen mirando directamente su alma. Luego Magdalena observó en su mirada una momentánea duda, una melancolÃa, una expresión de sorprendida y triste certidumbre. Su femenil intuición, tan aguda como su vista, le dijo que en aquel momento, Stewart habÃa recibido el choque de una acerba y definitiva verdad.
Por tercera vez repitió su pregunta. Magdalena no contestó; le era imposible desplegar los labios.