Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sobresaltada Magdalena se volvió hacia él. Vio ahora en él al primitivo Stewart, al hombre que traÃa a su memoria su llegada a El Cajón, y el inolvidable encuentro en Chiricahua.
—Quiero saber una cosa —prosiguió—. Por eso no me he movido de aquÃ, a pesar de que usted ni me dirigÃa la palabra, ni se daba cuenta de mi presencia, ni me ofrecÃa oportunidad de preguntárselo. Pero ahora… me voy… allende la divisoria, y quiero saberlo. ¿Por qué se negó usted a escucharme?
Al oÃr estas palabras un sentimiento de confusión, de sonrojo, mil veces más intenso que el que hasta entonces humillara a Magdalena, se apoderó de ella, cubriendo de un vivo carmÃn sus mejillas. Fue como si su pregunta le hiciese comprender que estaban cara a cara, y que un oprobio, ante el que hubiera preferido morir, iba a ser revelado. Mordiéndose los labios para no hablar, tiró a Majesty de la brida, fustigándole, espoleándole. El brazo de hierro de Stewart sujetó al bruto. En un arranque de cólera, la mano cruzó el rostro al cowboy con el látigo. De un manotazo que casi la desarzonó se lo arrancó de la mano, aunque no fue la violencia de su acción ni la repentina potencia dominadora de su mirada tanto como el lÃvido verdugón que en su mejilla dejó el látigo, lo que aplacó la furia de Magdalena.