Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste La joven intuyó lo que su acción significaba. Aquél era su adiós de despedida al caballo. Se disponía a abandonar el rancho. ¡Qué extraño, qué triste y qué grande era el afecto entre el bruto y el hombre! Un velo empañó las pupilas de Magdalena. Quiso disiparlo y sus dedos salieron humedecidos del contacto. Hurtó el rostro, avergonzada de que Stewart pudiese ver sus lágrimas. Le tenía lástima. Stewart se marchaba, y, a juzgar por la naturaleza de su despedida, era para siempre. Una vivísima punzada, aguda como la de una aguja, atravesó su pecho. La sorpresa, la incomprensibilidad, la extrañeza de aquel dolor que dejaba tras de sí una estela de angustia, le hizo olvidar a Stewart y cuanto la rodeaba, todo excepto su propio corazón. Tal vez ése era el secreto que hasta entonces la había eludido. Temblaba, viéndose al borde de algo desconocido. Curiosamente la emoción trajo recuerdos de su infancia. Su mente formuló rápidas preguntas y respuestas; vivía, sentía, aprendía. La felicidad se hurtaba a ella tras de una aherrojada puerta, y la infranqueable barrera parecía ser un inexplicable dolor. Como centellas las preguntas cruzaron su cerebro. ¿En qué consistía su felicidad? ¿Qué relación tenía con aquel hombre? ¿Por qué sentir tan extrañamente su partida? Y su espíritu silenció la voz interior, dejando las preguntas sin respuesta.
—Quiero hablar con usted —dijo Stewart.