Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No sabiendo exactamente a qué atenerse, Magdalena no tuvo tiempo de experimentar más que asombro. Una rápida ojeada le mostró a Stewart, burdamente ataviado sin duda para una larga jornada y llevando un nervioso caballo ensillado y con cantinas. Cuando el cowboy, sin mirar siquiera a Magdalena, pasó un brazo por el cuello de Majesty y apoyó el rostro contra su crin, la joven sintió que su corazón aceleraba desagradablemente sus latidos. Stewart parecía ajeno a su presencia, con los ojos cerrados, el curtido semblante extrañamente dulcificado, y sin sus característicos rasgos de ferocidad, adustez y melancolía. Por un instante adquirió positiva belleza.