Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —No riñamos, Majestad. Recuerdo que, no obstante tu orgullo, tienes corazón. Si pasas un mes aquà acabarás adorando a Florencia Kingsley. Quiero que sepas desde un principio que mi… regeneración es en gran parte obra suya… Bien. Prosigo con mi historia. Otro de mis enemigos, tal vez el peor, es don Carlos, un ranchero mejicano. Aunque, si vamos a cuentas, tan mal enemigo es de Bill Stillwell como de otros rancheros. Stillwell, dicho sea de paso, es mi mejor amigo y uno de los hombres más cabales del mundo. Antes de conocer a fondo a don Carlos, me endeudé con él. Perdà dinero jugando al faro[3] —cuando llegue al Oeste jugaba mucho— y además hice algunos negocios desacertados. Don Carlos es un mejicano astuto y marrullero que se sabe al dedillo las pampas, posee la mayorÃa de terrenos irrigables, y es, por añadidura, un granuja. Ni que decir tiene que me enredó, y ahora estoy prácticamente en la miseria. No ha tomado aún posesión de mi rancho, pero esto es sólo cuestión de tiempo, el que tarde en fallarse un pleito en Santa Fe. Hoy dÃa no tengo más que unos centenares de cabezas, pastando en tierras de Stillwell, de quien soy capataz.
—¿Capataz? —repitió Magdalena.
—SÃ; sencillamente jefe de los cowboys de Stillwell, y… encantado de serlo.