Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena experimentó un intenso desasosiego. Le fue preciso hacer un esfuerzo para conservar su tranquila apariencia. Turbábala el presentimiento de nuevas y angustiosas emociones. Comenzaba a ver claramente lo atrincherada que estuvo hasta entonces su vida contra tan insólitos e irritantes incidentes.
—¿No puedes recuperar tu propiedad? —preguntó—. ¿Cuánto debes?
—Diez mil dólares me pondrían a flote y me permitirían ir adelante. Pero, Majestad, en estas tierras eso representa un montón de dinero, y no he tenido medio de encontrarlo. Stillwell está peor aún que yo.
Magdalena se acercó a su hermano y púsole las manos sobre los hombros.
—No debemos contraer deudas.
Él la miró fijamente, como si sus palabras despertasen algo olvidado. Luego sonrió.
—¡Qué imperiosa eres! ¡Ya no me acordaba de cómo es en realidad mi bellísima hermana! Majestad, supongo que no pretenderás que reciba dinero de tus manos.
—Sí, eso es lo que pretendo.
—Pues no lo pienses. Nunca lo he hecho, ni siquiera en la época en que iba a la Universidad, y eso que entonces no me paraba en barras.