Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Escucha, Alfredo —prosiguió seriamente—. Esto es completamente distinto. Entonces contaba solamente con una asignación. Tú no puedes saber que desde mis últimas cartas he entrado en posesión de la herencia de tÃa Engracia. Fueron… bueno, eso es lo de menos. Sólo te diré que no he conseguido gastar ni la mitad de la renta. Eso es mÃo. No es dinero de mi padre. Si lo aceptas, me harás muy feliz, Alfredo. Estoy maravillada del cambio que noto en ti… Esto me llena de gozo. De aquà en adelante no debes retroceder. ¿Qué son para mà diez mil dólares? Ha habido meses en los que he gastado más. Tiro el dinero. Si me dejas que te ayude será un bien para ambos, Alfredo… Te lo ruego.
La abrazó, manifiestamente sorprendido de su seriedad. Y en efecto, Magdalena estaba asombrada de sà misma. Pero una vez hubo empezado, las palabras fluyeron fácilmente.
—Siempre fuiste la mejor de las camaradas, Majestad. Y si efectivamente piensas asÃ…, si quieres ayudarme…, aceptaré gustoso. Será estupendo. Florencia se volverá loca de alegrÃa, y el maldito mejicano cesará de perseguirme. Pronto llegará el dÃa en que algún aristocrático ciudadano dore sus laureles con tu dinero, Majestad, de modo que no estará de más que yo me anticipe —terminó, bromeando.
—¿Qué sabes tú de mi? —preguntó ella, donosamente.