Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sorprendida, Magdalena asintió con la cabeza. El padre cerró cuidadosamente una puerta tras otra.
—Señora he venido a confesar un secreto y mi propia culpabilidad al guardarlo. Por esto imploro su perdón. ¿Recuerda usted la noche en que el señor Stewart me llevó a viva fuerza ante usted a la sala de espera de El Cajón?
—Sí —replicó Magdalena.
—Señora… desde aquella noche es usted la esposa del señor Stewart.
Magdalena quedó inmóvil, como petrificada. Parecía insensible, atenta sólo a sus palabras.
—Es usted la esposa del señor Stewart. He guardado el secreto bajo amenaza de muerte, pero… no puedo permanecer callado por más tiempo. El señor Stewart podrá obrar a su antojo. ¡Ah, señora! Comprendo su asombro. Aquella noche estaba usted tan asustada que no se dio cuenta de lo que ocurría. El señor Stewart me amenazó, la obligó a usted. Me hizo pronunciar las palabras sacramentales, hizo que usted pronunciase el sí en español, y yo, señora, sabiendo lo que son esos cowboys, temeroso de atraer sobre tan bella y tan bondadosa criatura como usted algo peor que una desgracia, creí era mi deber que la ceremonia no fuese una farsa. Por lo menos sería usted su legítima esposa. Y pensando así los casé conforme al ritual de mi Iglesia.