Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Santo Dios! —gritó Magdalena, poniéndose en pie.
—¡Escúcheme, señora, yo la imploro que escuche, que no me abandone…! No me mire asÃ… ¡Ah, señora, permÃtame que diga una palabra en pro de Stewart! Aquella noche estaba borracho. No sabÃa lo que hacÃa. Por la mañana vino a buscarme, me hizo jurar sobre mi cruz que no revelarÃa el baldón, la afrenta que habÃa infligido a usted. De lo contrario me matarÃa. Para un vaquero americano la vida no tiene importancia, señora. Yo… prometà respetar su mandato, pero… no le dije que era usted su esposa. No podrÃa él imaginar ni por asomo que les casé a ustedes en realidad. El señor Stewart ha luchado por la libertad de mi patria. Señora, es un espléndido soldado… yo, yo… yo he estado meditando mucho sobre la culpabilidad de mi secreto. Si hubiese muerto durante la campaña… no habrÃa sido preciso decirle a usted nada. Mas, habiendo sobrevivido… comprendà que debÃa saberlo.